El uso del lenguaje inclusivo-incluyente: un ejercicio ético*                     

Nina Torres-Vidal**   

“Incomodo, luego existo”.
Juan Goytisolo

 

Abordo este comentario sencillo sobre “el uso del lenguaje inclusivo/ incluyente como expresión de precisión y justicia” desde dos de mis múltiples identidades: la de profesora y la de mujer de fe. Y empiezo por traer a la memoria un meme, ya clásico, que alguna vez usé en mis clases y sintetiza algo de lo que estaremos hablando esta noche sobre el lenguaje y nuestras visiones del mundo.

— Maestra, dice un alumno: ¿Cómo se forma el femenino?
–Partiendo del Masculino, la O final se sustituye por la A.
–Maestra, dice una alumna: ¿Cómo se forma el masculino, entonces?
–El MASCULINO no se FORMA, niña: EXISTE.  

Soy una profesora de lengua y literatura ya madura, que allá por la década de los setenta fui formada en una excelente escuela y universidad, como humanista tradicional, cuando todavía el HOMBRE era la medida de todas las cosas, cuando era “obvio” e incuestionable que el “genérico universal” nos incluía “a todos”, cuando las mujeres eran un afterthought, y nos esforzábamos por hablar y redactar en un español fluido, “correcto”.

Mi preparación en literatura comparada requería el estudio de varios idiomas y como docente joven impartía cursos universitarios de literatura y de redacción avanzada, tanto en español como en inglés.   

Mi interés en el uso del llamado “lenguaje inclusivo” comenzó algo más tarde en mi carrera cuando fue haciéndose más claro que las luchas por la equidad y la justicia para las niñas y las mujeres que estudiaba desde mis disciplinas o que vivía en las actividades de activismo en las que participaba, tenían que ir de la mano con la forma en que articulábamos esas luchas y ese pensamiento a través de nuestro lenguaje.

Los estudios lingüísticos, la sociolingüística, la semiótica, la filosofía del lenguaje nos daban asideros desde donde afirmar que, más allá de la metáfora “somos palabras”, los seres humanos somos en el lenguaje y somos a través de él. Sin embargo, fueron las estudiosas de los asuntos de las mujeres quienes, usando la perspectiva de género, sacaron a la luz el tema al denunciar que la violencia del sexismo también se reproducía mediante el lenguaje.

Según las feministas empezaban a proponer maneras de decir más iluminadoras e incluyentes, empezaron los artículos para aclarar que el lenguaje es “neutral”, que tiene una evolución y unas reglas propias, que no tiene que ver con el sexismo; y que, en realidad, son las personas las que son sexistas, no el lenguaje. No tengo que explicarles la cantidad de veces que en estos cuarenta años me han puesto en el buzón de la oficina, por debajo de la puerta, mediante el email, luego en las redes sociales noticias, informes, notitas, mensajes, recordándome las normas y las virtudes de nuestra lengua; o reprochándome que, en tanto maestra, que por un lado insistía en el uso correcto de la lengua oral y escrita, por otro, propiciara y promoviera el uso del lenguaje inclusivo en el escenario universitario.

El golpe de gracia es siempre “el cuco de la RAE”, a quien yo consulto, como consulto con interés los diccionarios, tesauros y estudios de etimología que tanto me gustan y apoyan mi trabajo. No era aceptable, argumentaban, esta deformación del lenguaje: porque había que procurar la economía lingüística, para conservar la fluidez del lenguaje y para evitar el artificio que supone el desdoblamiento; porque ya el español tiene el masculino como el género no marcado de la oposición, es decir, el género incluyente—hombre nos incluye a todas; porque el uso de la “x” y “@” es artificioso. No pueden pronunciarse. El uso de la “e” (todes) no forma parte del sistema morfológico para los dos géneros. Y así, un largo etc.

Recuerdo el silencio que se hacía cuando, en las reuniones de Claustro, el decano, una persona consciente y comprometida con los asuntos de la igualdad, nos llamaba “profesores” con la naturalidad de siempre y yo con la misma gracia, pero con intención, replicaba “y profesoras”, hasta que se convirtió en una broma y el decano lo fue incorporando a su discurso. Recuerdo también los intercambios de miradas cuando en las misas yo variaba las letras de las canciones y en vez de cantar “hombres nuevos” cantaba “gente nueva”, o leía las lecturas del día incorporando lo femenino.

Irritaba, incomodaba. Junto a un puñadito de colegas, empezamos a insistir en que nuestros documentos debían redactarse en lenguaje que visibilizara a la mayoría de las personas que convivíamos en la universidad. Que hacerlo sería una afirmación clara de nuestra Misión por la justicia y la igualdad.  

Al principio, el asunto parecía un conflicto lingüístico, un asunto del buen o mal uso del lenguaje, pero nosotras intuíamos que era mucho más que eso. Entonces, como hoy, la preocupación por la corrección y la protección de nuestra “hermosa lengua” podía ser legítima, pero también era una elegante manera de ocultar prejuicios y devaluar, ridiculizar y hasta demonizar los cambios que acompañaban las propuestas del lenguaje inclusivo/incluyente. No he visto el mismo afán por tener correctores y editoras para revisar los documentos oficiales, para redactar los proyectos de Ley, para ayudar a estudiantes de todos los niveles académicos a perfeccionar su lenguaje oral y escrito, para eliminar los gazapos del lenguaje en la prensa escrita. Hay un sesgo claro en el asunto del lenguaje inclusivo. Que no lo dude nadie.  

Para nosotras fue evidente que ser conscientes de que la lengua está estrechamente relacionada con el pensamiento, con las creencias, con los valores; que nombra, crea, interpreta y valora lo que conocemos y cómo lo conocemos; que esconde relaciones de marginación, y reproduce y crea múltiples formas de subordinación que se intersecan, ¡que construye la realidad! como afirman las teorías del lenguaje, requería asumir una posición personal y, era nuestra esperanza, una posición institucional, en torno al uso del lenguaje. ¡Si hasta el versículo juanino nos lo recordaba! “Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe”.

El optar por el uso del lenguaje inclusivo sería entonces una decisión política, además de lingüística. Y era una decisión política porque desde el reconocimiento de que con el lenguaje se hacía violencia (se discriminaba, se invisibilizaba, se excluía, se reproducían estereotipos, se fomentaban prejuicios) la incomodidad que podía causar el uso del lenguaje inclusivo/incluyente tenía que ponerse a un lado porque esa “incomodidad” se ponía al servicio de hacer justicia. Justicia a personas cuyas vidas y experiencias han quedado históricamente silenciadas e invisibilizadas. Justicia porque sabido es ya que lo que no se nombra no existe. Justicia que debía traer de la mano alguna retribución al ser un acto deliberado para visibilizar, para traer al centro, para dignificar, para afirmar la existencia de todos los seres humanos.

Con el tiempo me quedó claro que el asunto del lenguaje inclusivo es mucho, mucho más que visibilizar el género: lo femenino vs. lo masculino, y que el uso de la “o” y la “a” o la “x” era importante, pero no lo era todo.

Importa aquí recordar una lectura que me marcó y me abrió los ojos a las complejidades de este tema. Creo que fue en los años ochenta. Iba camino a una reunión en un tren de Nueva York a Philadelphia. No recuerdo la revista, las autoras, ni el título—nunca lo he vuelto a encontrar, pero era un artículo que recogía la lucha de dos abogadas que argumentaban que el lenguaje que tenían que usar (en este caso era el inglés) para defender a una víctima de violación era discriminatorio porque era incapaz de expresar la realidad de lo que la mujer había denunciado y, por el contrario, era beneficioso para el violador. Las mujeres no tenían palabras para expresar, para definir, para nombrar con especificidad lo que habían experimentado porque esas palabras NO existían. Esa experiencia que se vivió en la CUERPA de esa mujer no tenía palabras para expresarse con la “exactitud” que requería el tribunal. Esa experiencia, tan de las mujeres, no tenía forma de articularse porque las mujeres no hemos sido creadoras del lenguaje sino reproductoras del mismo. Por lo tanto, lo que una mujer víctima de violación experimentó e intentaba describir tenía que expresarse en el lenguaje y la perspectiva del “otro”, en este caso de quien la agredió. Fue tan poderoso ese artículo que desarrollé un ejercicio que utilizaba después en clase para ayudar a mis estudiantes a distinguir el poder del lenguaje literario frente al del lenguaje real.

¿Qué piensan cuando digo “me besó, la acarició, me tocó los senos”, les decía? Todas esas frases evocaban, de primera intención, situaciones placenteras, amables. Nadie las asociaba con violencia o violación. Sólo cuando profundizaba más en el tema y examinábamos los textos literarios y los comparábamos con alguna noticia de periódico o la escena de alguna película, podían empezar a entender la complejidad del asunto. Alguna vez, alguna estudiante vino después de clases a mi oficina a llorar un poco y a darme las gracias.

Las abogadas del articulo reprochaban al sistema que no les permitía a las mujeres explicar en un lenguaje propio sus experiencias y las obligaba a encajonar la violencia en palabras que no representaban su realidad porque no había otras palabras. Y en el tribunal, “no había cabida para la metáfora”. 

En su poema “Entrevista de prensa”, la poeta mexicana Rosario Castellanos cuenta:

Pregunta el reportero, con la sagacidad
que le da la destreza de su oficio
–¿por qué y para qué escribe?
–Pero señor, es obvio. Porque alguien
(cuando yo era pequeña)
Dijo que la gente como yo, no existe.

Con el enfoque de las interseccionalidades que definió la feminista negra Kimberlé Crenshaw a finales de la década de los ochenta, nos vimos interpeladas a buscar de manera intencional dónde estaban/dónde estábamos las personas que no existíamos porque no había palabras para nombrarnos y, si las había, eran degradantes, excluyentes, violentas y por lo tanto esa existencia era subordinada y marginal.

El racismo que practicamos y promovemos con naturalidad, en el lenguaje “habitual”; la manera de nombrar las discapacidades en las personas, el arrinconamiento y la minusvaloración que lleva al edadismo; la mofa, la criminalización que mediante el lenguaje lanzamos sobre las personas que no encajan en los moldes de género “aprobados” por nuestra sociedad; entre otros, se ha examinado desde diferentes vertientes, incluyendo el lenguaje.

El análisis de y la crítica a las trampas que han representado para la Humanidad la binariedad como único modelo para entender la realidad han dejado al descubierto las injusticias que cometemos en contra de muchos grupos de seres humanos.

Las aportaciones que se han hecho desde los grupos de personas trans o no binarias han sido otro paso importante para mover el lenguaje hacia la inclusión. La “E/e” como opción a la redundancia, a la arroba o a la “X” (que, si bien cumplen la función de alertarnos, no pueden leerse), facilita la expresión oral, puede pronunciarse, aporta fluidez y evita la repetición del desdoblamiento. Además, expresa la experiencia de las personas que no se sienten incluidas en el lenguaje normativo.

Sin duda, esa “e” rompe con los usos gramaticales normativos, pero eso cada vez me preocupa menos. El lenguaje y la humanidad caminan juntos; evolucionan juntos. Es desde el lenguaje que accedemos a nuevas formas de conocimiento y perspectivas. En el lenguaje, algunos cambios son más lentos, pero esos cambios son parte de su vida y desarrollo, como los son los de la gente y los pueblos.

Como maestra de lengua, me he interesado en buscar formas incluyentes que respeten las formas de nuestra lengua y sean cómodas, fáciles de incorporar y usar, mientras me esfuerzo por utilizar un lenguaje que afirme el respeto a la diversidad de la Humanidad. Hay excelentes manuales que nos dan opciones para incorporarlas en el lenguaje oral y escrito, redactados por personas que conocen la lengua y trabajan desde la perspectiva de género.[1]

Identificar los vacíos y las ausencias, reconocer que lo que se nombra no se extraña, insistir en ser intencional al nombrar y al usar el lenguaje, buscar desde la hermenéutica de la sospecha por qué vericuetos inocentes se esconden en el lenguaje (que aprendemos sin darnos cuenta) los prejuicios y las discriminaciones que justifican de alguna manera la violencia, es un ejercicio ético esencial que nos corresponde asumir para contribuir a minimizar la violencia. Con eso en mente (y en corazón) hemos actualizado prontuarios, creado nuevos cursos, erradicado refranes y frases ofensivas, y transformado la manera de nombrar y relacionarnos con personas y situaciones que antes interpretábamos desde una otredad excluyente.

La Dra. Madeline Román suele decir: “La Justicia es un HORIZONTE de posibilidades”. La inclusión como principio rector y el uso del lenguaje inclusivo/incluyente como manifestación de ese principio son, no sólo estrategias, sino también una importante posibilidad de justicia en el horizonte de ese de mundo diferente por el que trabajamos con Esperanza. Ante los obstáculos y las violencias del Patriarcado, reflexionó la poeta mexicana Rosario Castellanos en su poema “Meditación en el umbral”:

Debe haber otro modo…
Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser. 

Reviso estas notas cuando ya el tornado del ataque político republicano,[2] tanto en los Estados Unidos como en Puerto Rico, legisla con el fin de erradicar de la esfera gubernamental y social todas las reivindicaciones alcanzadas por las luchas feministas y de grupos defensores de los derechos Humanos en favor de la equidad y la inclusión. A propósito del tema de estas notas, conviene tener presente que recientemente se presentó el Proyecto de la Cámara 912, promovido por la representante Lisie Burgos (Proyecto Dignidad) que busca prohibir el uso del lenguaje inclusivo en documentos y comunicaciones oficiales del gobierno. Aunque aduce las mismas razones gramaticales y lingüísticas habituales ahora aparece abiertamente su interés de eliminar “variantes lingüísticas ideológicas” lo que es congruente con el afán de este gobierno y sus aliados de erradicar toda acción que dignifique y reconozca a las personas LGBTTQ+. Se hace necesario seguir aclarando que después de cuatro décadas de estudios sobre el lenguaje y su capacidad de contribuir a trasformar las vidas de la gente, no volveremos a aceptar como nuestro el lenguaje discriminatorio e incluyente que nos heredó la “ideología del Patriarcado”.

Porque confiamos en que seguiremos avanzando hacia ser personas “más humanas y más libres” . . .

Luchamos y resistimos.

 


* Esta ponencia se ofreció originalmente en el Taller de Lenguaje Inclusivo ofrecido por la Comisión de la Mujer “María Dolores ‘Tati’ Fernós-Cepero” del Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico. Este se celebró el 30 de noviembre de 2023 en la sede del Colegio.

** Profesora Emérita de la Universidad del Sagrado Corazón (2021), con formación en literatura comparada que la llevó a interesarse en trabajar en diálogo con otras disciplinas académicas tales como la traducción, las ciencias sociales, la teología feminista y los estudios de género. Como mujer de fe, formada como católica y de práctica ecuménica-interreligiosa, ha vinculado su espiritualidad al trabajo por la justicia y la promoción de los derechos de todos los seres humanos.

[1] Aquí quiero recordar con cariño y agradecimiento a nuestra amiga y compañera Betita quien hace más de treinta años preparó, minuciosamente, un manual que intentaba dar orden y sugerencias a los usos del lenguaje incluyente, no sexista.

[2] PS, 11/25.

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